Перевод жития м.Алипии на испанский язык

Перевод Жития Блаженной монахини Алипии (Авдееевой) на испанский язык

(по материалам книги «Стяжавшая любовь»)

Екатерина Петровна Билецкая (Сапаридзе).

Филолог-учитель испанского языка.

k_biletska@ukr.net

La traducción al español de la Vida de la beata madre Mátushka Alipia

(basada en el libro “La que se granjeó el amor”)

Hay en la iglesia ortodoxa los devotos sinceros y piadosos. Son especialmente respetados y queridos por la gente. Goza de este amor popular la beata monja madre Mátushka Alipia (Avdéeva) de Kíev. Todo el mundo llega y llega a su capilla: los desdichados, infortunados, desesperados, los mendigos y los huérfanos, y nadie está privado de su atención, cuidado, amor, misericordia y consuelo. Los corazones de la gente lo sienten y responden al amor de la monja beata.

Están escritos muchos libros sobre su vida. Hay una enorme información sobre sus milagros, que, sin embargo, no podrá abarcar todos los hechos de la ayuda de Mátushka Alipia. Miles de estos hechos se conservan en las páginas de los corazones de la gente que ha recibido su misericordia, y es imposible describirlos todos, a causa de su multitud. No obstante, de la Voluntad Divina, se puede componer un resumen abreviado de su vida.

La vida de Mátushka Alipia había sido privada de la fama que cobró después de su muerte. Mátushka Alipia evitaba los elogios. La locura por Cristo, o la alienación, que es la hazaña ascética más difícil, fue su refugio salvatorio. La mayor parte de su vida, la monja no tenía domicilio fijo, evitaba el reposo y se hacía su vida más severa con numerosas ascesis.

Fue elegida de Dios desde su infancia. La monja Alipia (en el bautizo, Agafia) nació en Rusia en la región de Penza, en la aldea Výsheli del distrito Gorodíschensky, en la familia del piadoso campesino mordvín Avdéev Tikhon Sergéevich.

El libro eclesiástico de la iglesia de los Santos Apostoles Pedro y Pablo de la aldea Výsheli, que se conserva en el Archivo Estatal de la región de Penza, certifica el hecho del nacimiento de Agafia Tíkhonovna Avdéeva el día de 3 de marzo del 1905 (por el estilo nuevo, el 16 de marzo).

Su madre se llamaba Vassa Pávlovna. Fue bautizada el 4 (17) de marzo por los padrinos  Timoféy Guliaev y Anna Danílova. En el bautizo la futura monja llevaba el nombre de Agafia en honor de la Santa martirizada Agafia, su protectora celeste, a la que veneraba durante toda su vida.

Son conocidos muy pocos hechos de la biografía de Mátushka Alipia. Sin embargo, es posible resumir en pocas palabras la historia de su infancia.

La juventud de Mátushka Alipia pasó en el ambiente de los campesinos prerrevolucionarios. La observación rigurosa de las reglas religiosas, el ayuno, los rezos de sus padres le inculcaron las aspiraciones piadosas y el amor a todo lo eclesiástico y misericordioso. Su familia respetaba mucho a los Santos Apostoles Padre y Pablo, protectores de la iglesia aldeana. Mátushka les admiraba mucho hasta los últimos días de su vida.

El padre de Mátushka, Tikhon durante los ayunos comía sólo el pan seco y bebía la decocción de la paja. Su madre Vassa fue muy piadosa. En la familia había una costumbre de dar limosna a los pobres paisanos. Vassa le entregaba a pequeña hija una cesta con obsequios para que los huebiera repartido entre los campesinos que vivían en la miseria. Esto fue un ejemplo aleccionador de los padres a su hija. Agafia heredó las  virtudes de sus padres por completo.

Cuando sus padres estaban de viaje, su piadosa hija pastaba los aves de corral y el ganado. El alma infantil era abierta para el Dios, por eso Él le permitía contemplar lo que la otra gente no podía verlo. Adivinaba las intenciones de los almas de los campesinos que iban los domingos a la liturgia: veía muy claro quién iba a la iglesia para orar y quién iba allá para gallardear.

La niña era muy quieta, pensativa y oraba mucho. Hacía estudios en el colegio. Sabía leer y escribir y dedicaba su tiempo libre a la lectura de los libros sagrados, especialmente le gustaba leer el Salferio, su libro preferido. En la juventud Agafia siempre llevaba consigo el Salferio. Cuando estaba de visita, no entretenía su mente con las conversaciones vacías, sino leía salmos y oraciones en un rincón de la casa mientras otras personas estaban hablando.

La infancia plácida en el seno de la familia fue el fundamento espiritual de las futuras hazañas ascéticas. No en vano, en la edad madura Mátushka decía: “La campesina trabaja en el campo con el sudor de la frente, glorifica al Señor, y se salvará”. Mátushka conocía el precio del trabajo duro de los campesinos que en combinación con la oración sincera podría dar buen fruto y el perdón de Dios. Acostumbrada a trabajar, Mátushka Alipia durante toda su vida agotaba su cuerpo por el ayuno, vela, oración y por el cuidado por los prójimos, peregrinos, infortunados, mendigos.

En los años de revolución y fracaso de Rusia, Mátushka era todavía bastante pequeña. Los rebeldes hechos históricos ofuscaron su niñez feliz. Estas pruebas tuvieron que llegar para templar y vigorizar el ánimo de los elegidos de Cristo. En los años 70, la monja explicó el sentido espiritual de la revolución: había venido para “curar” a la clerecía y a todos los creyentes  flaqueados en su fé.

Durante la guerra civil perecieron los padres de monja, Tikhon y Vassa. Fueron fusilados en su casa por el destacamento de guardia rojo. La niña estaba auscente en aquel momento terrible. Al encontrarla viva, su tío se la llevó consigo a su casa donde ella vivió cierto tiempo. Dentro de algun período, pequeña Agafia cayó en la prisión de S.M. Budionyi. La pobre huérfana lloraba tanto que sus lágrimas emocionaron  al mariscal, y él dió la orden de dejarla irse.

Según los relatos de los parientes de Agafia, la jóven varias veces partió a la peregrinación a los lugares sagrados. Recuerdan hasta ahora sus visitas y conversaciones sobre el Dios, la fé y el Reino de los Cielos. Sabían que Agafia era una persona muy devota y de temple monástica. Peregrinaba a los conventos y a otros lugares sagrados que se habían quedado ilesos de la completa devastación. Vivió también en Penza en la casa de una familia devota, y asistía a la iglesia de las Santas Mujeres Miroforas. Las hijas de aquella familia posteriormente se hicieron monjas ascetas [skemamonjas] del Monasterio Flórovskiy en Kíev.

Sufriendo privaciones y dolores de la revolución y guerra civil, contemplando la lucha del poder contra la iglesia, Mátushka Alipia realizaba su hazaña imperceptiblemente para la gente. Solamente Dios sabía sus lágrimas, rezos, ruegos, penas, solamente Él veía en lo escondido de su alma. Nadie más se daba cuenta de cómo le dolía corazón destrozado. Pero habían cosas que no pudieron escaparse de la mirada humana.

Las pruebas duras de la juventud de Mátushka ni la quebrantaron ni la exasperaron, sino, en contrario, la hicieron más delicada, compasiva y sensible. Estaba dispuesta a dar el último pedazo de pan al hambriente, conocía la fuerza del rezo, el precio del trabajo, de las obras buenas e incluso de la limosna. Iba por la vía del hacimiento espiritual en la lucha constante contra el diablo y contra las pasiones personales para recibir el perdón de Dios. Como resultado, el Espíritu Santo la proveó de Gracia Divina.

Contemplando el sufrimiento de la gente, la devastación total, las tragedias humanas, Mátushka Alipia sentía un gran amor a todo el mundo. Se sabe que el amor es un don de Dios. Y el amor le obligaba a sacrificar su alma para el salvamento del prójimo. No tenía miedo de las tentaciones, esfuerzos, dificultades, lágrimas, ni de la venganza del diablo. No temía a nadie excepto del Señor.

Después de la guerra civil y el corto período de paz inestable empezó la guerra espiritual contra la iglesia y el Dios, la guerra del ateísmo belicista. Por todo el país pasaron las olas de las represiones de la clerecía y de los laicos. En las filas de los guerreros del Cristo estuvo Mátushka Alipia. El lugar de su prisión no se sabe exactamente. Las audiencias judiciales en aquellos tiempos fueron momentáneas, sin dar con el quid de la cuestión. La afiliación cristina de una persona fue un motivo ponderable que llevaba a la sentencia póstuma. Espera de muerte, humillaciones e interrogatorios eran una prueba muy dura para la jóven.

En las condiciones difíciles de la prisión Mátushka incluso se ingeniaba para enviar las cartas a la libertad con llamamientos fervorosos a defender la fé ortodoxa y amar a Dios. No se sabe cuánto tiempo Mátushka estuvo en la prisión. Tenemos las confirmaciones de los descendientes de las personas que la visitaron en la prisión y los que actualmente viven en Australia. Ya siendo bastante joven, Mátushka Alipia poseía el don de la clarividencia y de la oración eficaz, pero para sí misma ella no le pedía nada al Creador.

Mátushka Alipia cayó en la celda para los condenados al fusilamiento. Posteriormente, Mátushka contó que por último en la celda habían quedado con ella solamente un  sacerdote y su hijo. El sacerdote había celebrado la misa de réquiem por los presos, y le dijo a la monja que ella se quedaría viva. El Santo Apostol Pablo la liberó de la prisión. Doce días iba por el acantilado, por los montes. Las cicatrices en su cuerpo le recordaban aquel pasaje toda la vida.

No tuvo documentos ni dinero ni refugio. Tampoco estuvo inscrita en el padrón lo que en los tiempos soviéticos fue inadmisible. Pero el Dios la ayudó y la protegió de los perseguidores.

Mátushka salió de la prisión aproximadamente en el año 1939.

Poco tiempo después empezó la Gran Guerra Patria. Según los relatos de Mátushka Alipia, ella pasó cierto tiempo el los campos de concentración. Gracias a los dones del Espíritu Santo, les ayudaba a los presos a huir, y al poco tiempo el Dios le ayudó a ella a salir de la prisión. Al pasar por el territorio ocupado y por la línea del frente, la monja se encontró el refugio en una familia numerosa en la aldea Kapitánovka, que actualmente se sitúa a lo largo de la vía Zhytómirska cerca de Kíev.

Es conocida una ocasión cuando Mátushka Alipia hacía noche en una aldea. La dueña de la casa que la había amparado le hizo cama en una habitación, y la pequeña hija de esta dueña la pidió a su madre que le permitiera dormir junto con Mátushka. El día siguiente la niña contó que Mátushka no se había acostado, sino había estado orando de rodillas durante toda la noche. La monja siempre era fiel a su regla irrevocable de pasar las noches en vela y no dejar descansar a su cuerpo.

Mátushka relató sobre su peregrinación a la Catedral Sviato-Tróitskiy donde habían yacido las reliquias del Santo Feodosiy Chernígovskiy. Iba a pie, pasaba las noches en bosques y campos, bajo el cielo abierto.  Al venerar las reliquias del santo, Mátushka Alipia le pidió al mayordomo de la parroquia que le permitiera pernoctar en su casa, pero recibió su denegación. El mayordomo le dio la espalda y se fue. Pero Mátushka impulsada por el Espíritu Santo siguió sus pasos ya que sabía que no en vano el Señor la había enviado a aquella casa.

Camino de casa la esposa del mayordomo le salió a su encuentro sollozando, y  desesperada le comunicó a él que su pequeña hija se había atufado. El hombre y Mátushka Alipia entraron corriendo a la casa. Los padres le dejaron entrar. La peregrina sacó el frasco con el agua bendita o ¨el agua viva¨ como lo llamaba alegóricamente, la hisopeó con este agua a la niña y le virtió un poco en su boca. La niña volvió a la vida, sus padres se alegraron y en prueba de su gratitud decidieron proponer a Mátushka que se quedara en su casa, pero Mátushka ya se había ido.

He aquí lo que sucedió en Bielarús en los años de postguerra y hambruna. En el mercado Mátushka vió a la muchedumbre de la gente rodeando a los esposos que estaban llorando porque el cerdo, que querían vender para ganarse el dinero, empezó a espichar. Cuando el cerdo se puso azul, Mátushka se abrió paso y, orando en secreto, le dió al cerdo un poco de brea. En seguida el cerdo volvió a la vida. La gente sorprendida notó la auscencia de su salvadora. Se puso a buscarla pero Mátushka ya había desaparecido en la muchedumbre. Cuando al fin la siguieron y la preguntaron sobre su remedio maravilloso, les respondió que se habían equivocado y que el verdadero médico ya se había ido.

En los años de la Gran Guerra Patria Mátushka llegó a Pecherska Lavra (Monasterio de las Cuevas de Kíev) que era el amparo espiritual para el alma que buscaba a Dios. En aquel entonces allí se reunía mucha gente de todo el país, especialmente de Rusia. El monacato de Lavra se distinguía por su alta espiritualidad: eran los frailes clarividentes y prudentes en la vida espiritual, que habían sufrido duras penas en el exilio: el Reverendísimo Kuksha Odesskiy (Velichko), el archimandrita Kroníd (Sakún), el lugarteniente de Lavra y el padre espiritual de Mátushka Alipia. Fue aceptada por padre Kroníd y recibió la Tonsura y el hábito con el nombre de Alipia (en honor del Reverendísimo Alipiy Pecherskiy, el famoso monje, santo y pintor de los iconos). Después de la muerte del archimandrita Kroníd, su padre espiritual fue el skemamonje Damián (Korneichúk). Padre Damián era una persona muy sabia, clarividente, el antiguo lego del Reverendísimo Ióna.

En el monasterio Mátushka pasaba sus días en las labores: fregaba, limpiaba, asistía a  las misas. Durante tres años llevaba una hazaña ascética secreta en el hueco de un viejo tilo situado cerca del pozo del Reverendísimo Feodosiy Pecherskiy. La hazaña le fue bendecida por el archimandrita Kroníd. Por las noches la asceta permanecía de pie rezando en el hueco del árbol a pesar de los fríos invernales y calores estivales. Padre Kroníd le traía pan seco una vez al día, le decía “Sálvate”, y se retiraba. El tilo precitado no se conservó hasta hoy día.

A pesar de las condiciones de la falta de las comodidades necesarias de pleno valor, Mátushka Alipia era muy aseada, pulcra, llevaba la ropa limpia y el pañuelo níveo en su cabeza. Nadie habría dicho que ella fue peregrina o huérfana.

Instalarse en el monasterio fue muy difícil porque el poder ateista no les prestaba la inscripsión en el padrón a los forasteros. Las mujeres que querían vivir en los monasterios se veían obligadas a irse a otros monasterios que tenían la posibilidad de darles el refugio. Gracias a la ayuda de Dios, Mátushka Alipia siempre vivía en Lavra. No usaba el hábito monástico. Llevaba las vestimentas laicales. A fuerza del ateismo del poder, en aquel tiempo fue difundido el fenómeno de la Tonsura secreta, o el modo de vivir en el mundo urbano como el monje.

En Lavra Mátushka Alipia seguía el ejemplo de sus padres espirituales y de otros monjes sabios. Por ejemplo, el Reverendísimo Kuksha enseñaba a los frailes que cumplieran con sus deberes en secreto, que oraran en secreto y sin cesar, se resignaran y tuvieran paciencia. Fue una escuela de la vida espiritual que le dió muchas lecciones valiosas a la asceta.

El camino a la santidad es espinoso, y sólo los resignados y los pacientes  lo pasan hasta el fin y reciben perdón de Dios.

La ayuda de Mátushka Alipia a los sufridos era desinteresada. Ella no se enorgullecía, siempre trataba de ser humilde, modesta y poco locuaz. Disimulaba sus virtudes, aspiraba a difamaciones, soportaba con resignación la calumnia.

Después de la muerte del archimandrita Kroníd, su posterior padre espiritual Damián le dio la obligación de vivir en el pasillo de un edificio donde se alojaban las celdas de los monjes ancianos de Lavra. Fue una escuela de resignación, paciencia, vela y oración que vigorizó el ánimo de Mátushka Alipia en la lucha constante contra los pensamientos pecaminosos y contra los espíritos malignos.

El cierre de Pecherska Lavra fue una tragedia para Mátushka Alipia, dolor de su corazón sufriente, ya que ella amaba a Dios con todo su ser. En su vida empezó el período de vagabundeo y de pruebas duras. Le daban el asilo, la acogían radiantemente, pero la asceta no se buscaba la vida confortable y fácil. Al contrario, se refugiaba en los sótanos fríos y húmedos donde habían muchas ratas, tenía hambre, sufría muchas privaciones. Los años de las pruebas severas no la rompieron sino, al contrario, la vigorizaron, le ayudaron a arrastrar su cruz monástica.

Acosutumbrada al trabajo difícil y al hacimiento espiritual constante, Mátushka Alipia tenía muchas ocupaciones: trabajaba a jornal, en las construcciones. Sin embargo, siempre era fiel a su regla de pasar las noches en vela, rezando con ardor a Dios. Su cuerpo agotado no sabía qué es el reposo: Mátushka no dormía en la cama ni en la juventud ni en la edad madura.

En el año 1961, Mátushka llegó a ser la parroquiana de la iglesia de la Ascención en Demíevka que era muy famoso en Kíev. Este distrito de la ciudad en aquel entonces fue conocido como Stálinka. Muchos monjes fueron los parroquianos de aquella iglesia. Mátushka Alipia se distinguía entre ellos por su alta espiritualidad,  rezos ardientes al Dios y clarividencia.

Ya entonces Mátushka Alipia asumió a realizar la hazaña ascética de la locura por Cristo, que es la más difícil de las hazañas ascéticas es que el loco por Cristo da en ofrenda a Dios todo su ser y su mente para provocar risas y humillaciones de la gente. La conducta de un loco por Cristo parece ridícula, provocadora, pero, en realidad, lleva un sentido muy profundo que se revela dentro de cierto tiempo. Con sus ojos clarividentes el verdadero loco por Cristo contempla los misterios espirituales y los envuelve en símbolos y signos.

Mátushka Alipia asistía a las misas en la iglesia de la Ascención. Muy a menudo oraba varias horas dentro de la iglesia, ante el ambón y detrás del altar en el patio interior de la iglesia.

No soportaba que alguien estuviera escuchando la misa sin veneración. Si una persona estaba conversando durante la liturgia, Mátushka se le acercaba tranquila, le miraba a los ojos, y esta  persona comprendía su alusión y dejaba de hablar. Si esto no ayudaba, Mátushka podía golpear varias veces con su vara sobre el suelo.

Cuando Nikoláy Fadéev se hizo el superior de la iglesia de la Ascención, Mátushka Alipia le acogió con el pan en las manos. El sacerdote lo tomó y lo besó con veneración, pero Mátushka le siguió y le dijo ¨¡Espera!¨, tomó este pan y lo partió a medias. El sacerdote entendió que no oficiaría mucho tiempo en esta iglesia. Dentro de tres meses le trasladaron al oficio  a Vladímirskiy Sobór. Nikoláy Fadéev y sus hijos espirituales le respetaban mucho a Mátushka, le pedían sus consejos y que rezara por ellos.

El siguiente superior de la iglesia de la Ascención fue Alekséy Iliúschenko que también le respetaba mucho a Mátushka Alipia. Una vez la monja beata tomó el rosario y lo llevó solemnemente a la Puerta Santa mientras que se estaba celebrando la misa. Cerca del icono del  Salvador abrió con su vara la puerta diaconal y le llamó sonriendo al sacristán y le dijo: “Toma y entrégalo a aquel alto monje pelioscuro”, indicándole al padre Alekséy. ¡Pero él no era monje! La profecía se cumplió dentro de un mes: al día siguiente después del día de la Ascención, Alekséy tomó el hábito y la Tonsura con el nombre de Varlaám, y dentro de poco tiempo fue celebrada la ceremonia de su quirotonía obispal. Así que no en vano Mátushka Alipia le había entregado el rosario.

En aquel período de tiempo con la ayuda de Dios, Mátushka Alipia se encontró la vivienda en la calle Golosíyivska. Fue una habitación en la casa destinada a la demolición. Allí la monja vivía y recibía a los visitantes. A menudo la gente le pedía sus consejos en la iglesia después de la misa. Desde aquel entonces Mátushka Alipia se hizo también la maestra y consejera espiritual.

En la ortodoxia a tales personas les llaman los “stártsy”, que son los guías espirituales cuya sabiduría se remonta tanto a la experiencia, como a la intuición. Se cree que a través de la práctica del ascetismo y una vida virtuosa, el Espíritu Santo les provee de dones especiales a los startsy, incluyendo la habilidad de curar, realizar profecías y proveer una guía y dirección espiritual efectiva. Los startsy son tomados por los creyentes como un ejemplo de santa virtud, fé incondicional y paz espiritual. Ese nombre lo obtienen cuando el pueblo, tanto laicos, como clérigos, comienza a reconocer y venerarlos como tales, observando su fuerza y pureza espirituales. Los startsy, que se creía tenían la habilidad de percibir los secretos del penitente antes de haberlo conocido, eran empleados como confesores a pesar de que no todos obtenían el rango de sacerdote. Los penitentes solían visitar a los startsy, cuando estos no se encontraban recluidos voluntariamente, para conversar con ellos, solicitar favores curativos o bendiciones (se creía que las bendiciones de un starets, así como sus plegarias, eran particularmente efectivas), confesarse o rezar bajo su guía. En algunos casos, la figura del starets poseía una autoridad ilimitada en el terreno religioso, dado que cuando un penitente se sometía voluntariamente a ellos en la búsqueda de la bienaventuranza y la verdad, las obligaciones que le eran impuestas sólo podían ser retiradas por el stárets que las estableciera.

Mátushka Alipia siendo “stáritsa” sirvió a la gente en consejos, rezo, en el cuidado por el salvamiento de sus almas y en su precepto. Arrastró esta cruz penosa hasta los últimos días de su vida.

Gracias a una parroquiana, Mátushka dentro de algun tiempo se mudó a una casa semidestruída en la calle de Polkovnik Zatevakhin, 7. Era una pequeña habitación con el pasillo  en la segunda mitad de la casa situada cerca de Golosíyivska Pústyñ, el lugar pintoresco, el ermita, o la skita, de Pecherska Lavra, donde se sitúa el Monasterio de frailes “Golosíyivskiy”. Estuvo arruinado por el poder ateísta. No obstante, en el cementerio, detrás de la iglesia de Madre de Dios “Fuente Viva” arruinada, a menudo se reunía la gente para honrar la memoria del Reverendísimo Alekséy Goloséyevskiy (Shépelev) enterrado allí. Mátushka Alipia fue la continuadora de su hazaña ascética oracional, ella encendió la vela espiritual de la fé y de la devoción.

La segunda mitad de su casa fue demolida, y, más tarde, los admiradores de Mátushka la guarnecieron con el ladrillo y recubrieron el tejado, instalaron la electricidad y colocaron las cañerías.

Con una parte la casa dio al barranco profundo donde la monja estaba rezando muy a menudo. Ella misma se cavó los peldaños en las cuestas de aquel barranco  para bajar y subir. Abajo del cementerio los lagos ornamentaban los cerrillos boscosos. La naturaleza con su bellez y sosiego completaba la acción de la maldad inhumana que había caído sobre el convento.

Las puertas de casa de Mátushka Alipia estaban abiertas para todo el mundo. La cantidad de los visitantes era muy grande. A todos ellos les recibía con gran amor y cariño. Sabía de antemano quién vendría, y para cada uno le preparaba una comida sencilla pero muy rica, consagrada con su rezo constante. Les daba a sus visitantes un modesto obsequio, pan, les acompañaba hasta la portezuela persignándoles con la cruz y rogando por ellos con celo a Dios. Y lo más importante era que cada uno había recibido calma, alivio de los dolores, ayuda, apoyo y resolución de  los problemas. La gente de todos los rincones la URSS venía a su celda modesta. A nosotros, los simples mortales, nos parecería extraño ver a una mujer pobre, llevada de ropa zurcida y vetusta, que hubiera tratado imparcialmente a cualquier persona por rica o pobre que fuera. Los altos funcionarios y los militares, la gente sencilla, los niños y los adultos, los monjes y los laicos acudían a su amparo oracional para que solicitara por ellos al Señor. La lisonja e hipocresía le fueron ajenas a Mátushka Alipia. Admiraba y amaba la imágen de Cristo en cada persona según el principio: “No harás injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni complacerás al rico, sino que con justicia juzgarás a tu prójimo”.

Es imposible contar todos los hechos de su clarividencia y de los milagros producidos por Dios mediante sus rezos. ¡Cuántos esfuerzos había que aplicar para escuchar a cada uno, darle de comer, encontrar un enfoque individual a cada persona, rogar por ella a Dios, sacrificar el alma y corazón para compartir sus penas, para prevenir la maldad del diablo, para curar sus enfermedades! Mátushka Alipia trabajaba insistentemente en esta liza.

Dios le revelaba a Mátushka los pensamientos, los pecados cometidos, el pasado y el futuro de las personas, y era muy difícil y doloroso para la monja beata ver a la criatura de Dios caída y destrozada por los amaños del diablo.

Sin duda, Mátushka Alipia era una persona apocada, tenía un corazón omnicomprensivo. Sufría con todo el alma por todos sus hijos espirituales.

La monja recurría a la demencia aparente, hablaba alegóricamente para disimular sus dones espirituales. Para que el pecador llegara a la penitencia, Mátushka se atribuía sus pecados a sí misma, como si élla hubiera cometido el pecado. El lenguaje de Mátushka Alipia no contenía las palabras del género masculino. Hablaba mucho el idioma mordvínico para que su interlocutor no comprendiera las palabras de su oración.

Mátushka Alipia nunca se ofendía a nadie, nunca mantenía su punto de vista, nunca se elogiaba a sí misma, nunca se justificaba, nunca sacaba ventajas de algo, nunca buscaba comodidades, como lo es propio a nosotros. Somos como los ciegos, no vemos lo que pasa en nuestro alrededor. La conducta y la manera de pensar de la asceta era completamente diferente. Mátushka veía la esencia espiritual de lo que sucedía.  Seguía el mandamiento de Jesús “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”. Mátushka no se comunicaba con la misma persona, sino con el ser espiritual que fue culpable en el decaimiento de la persona. Mátushka Alipia nunca le reprochaba a nadie en sus errores, sólo le indicaba lo pecaminoso de su conducta, y le conducía a cada uno al arrepentimiento. No se aprovechaba de su autoridad espiritual, siempre era humilde. Se dirigía con la oración sincera al Dios, y en seguida recibía su ayuda y respuesta. “¡Padre!”, exclamaba ella con todo su corazón, y el Dios como su verdadero padre le respondía a sus llamadas fervorosas.

En aquel período de tiempo Mátushka empezó a usar los cilicios. El primer cilicio era un atado de muchísimas llaves de hierro. Lo llevaba en su cuello. Las llaves tenían un sentido simbólico. Por cada persona que Dios le había enviado para su salvarla del pecado, se ponía a aquel atado un nuevo llave grande. “Son las llaves para las celdas del cielo”, se lo explicó una vez a un hombre que le había preguntado para qué necesitaba tantas llaves.

El segundo cilicio que llevaba en los hombros junto con una viga de madera era el icono de la santa martirizada Agafia, su protectora celeste antes de recibir la Tonsura. Parecía que bajo su ropa tenía una joroba.

En la iglesia ortodoxa hay una tradición de traer para la misa de difuntos diferentes alimenticios, tales como: pan, harina, mantequilla, sémola, alforfón, aceite vegetal, vino de Cahors etc. Son como una limosna por los almas de los difuntos. Después de la misa el sacerdote del templo los reparte entre los mendigos, sufrientes, pobres, huérfanos, o los envía  a los carceles, asilos de ancianos, orfanatos.

Mátushka Alipia también tenía la costumbre de llevar un gran saco con pan, huevos y otros productos a la iglesia para la misa de réquiem. El peso de la carga era de 10 a 15 kg. El saco con los alimenticios se colgaba en su vara y así lo llevaba en los hombros a la iglesia.

El dinero de la limosna Mátushka no se apropiaba nunca. Por aquel dinero compraba las velas para encenderlas en los grandes candeleros del templo, lo donaba en las necesidades de la parroquia, a veces les daba el dinero a sus visitantes pobres o a los que la habían ayudado en algo.

El mueblaje de la celda de Mátushka Alipia era muy sencillo: una cocina de gas, una cama con diferentes saquitos, la mesa y las sillas. Había ocasión cuando una monja quiso hacerle la reparación de la celda, pero la beata en seguida le dijo, “¿a qué te viene esta basura, mi querida?”

Mátushka Alipia se despertaba muy temprano, a las cuatro de la mañana, por las noches permanecía rezando de rodillas al Señor. Muy de madrugada empezaba a preparar la comida para sus visitantes, y sabía de antemano cuántos huéspedes vendrían. Luego iba a pie a la iglesia llevando un saco pesado de comestibles en sus hombros. Se ponía a la mesa sólo después de la segunda liturgia (en la iglesia ortodoxa hay dos liturgias, la primera y la segunda), y obligatoriamente les daba a comer a sus visitantes.

Había una regla que conocían todos sus visitantes, después de comer tenían que ir a la sepultura del Reverendísimo Alekséy Golosíyivskiy para honrar su memoria y rezar.

Mátushka comía una vez al día, en muy pocas cantidades. Pero a los visitantes les agasajaba generosamente. La comida era bendecida con su sagrada oración, y la gente se curaba de las enfermedades, recibía la bendición del Espíritu Santo que vigorizaba su ánimo.

La comida preparada por Mátushka Alipia tenía la propiedad de aumentarse en cantidad. La monja beata servía el borsch y la papilla. Preparaba papilla de alforfón, de mijo limpio o de arroz con leche. También repartía entre todos los visitantes los grandes pedazos de pan con las lonchas de tocino.

Mátushka preparaba la comida en una cazuela de tamaños medios. Como lo confirman los testigos, el volumen de los ingredientes para el borsh y la papilla superaba el volumen de la cazuela. La gente venía y venía a su celda, pero la comida bastaba para todos. Una cazuelita cabía una inmensa cantidad de la comida. Esto fue un milagro inexplicable.

Una vez los visitantes estaban almorzando en su celda. La lega estaba echando el borsch en los platos, y se amargó al ver a la gente llegando y llegando a la celda, pensando  que la comida no sería suficiente para todos. Pero Mátushka Alipia al leer sus pensamientos le dijo que no se apenara, que el borsch bastaría para todos. Para el asombro de todos, así resultó. Fue un milagro divino, cuyo sentido profundo conocía sólo el Dios y Mátushka Alipia. Los enfermos incurables al comer lo preparado por la monja se curaban, se olvidaban de sus enfermedades como si no las hubieran tenido en absoluto.

Hay una historia muy difundida entre los admiradores de Mátushka Alipia sobre su papilla de arroz. Una de las testigas cuenta: “Una vez he venido a su celda. Mátushka anda por el patio y dice: “Ahora vamos a comer la papilla.” El hornillo está en el patio, y mi mamá está preparando allí una papilla de arroz. Por la edad madura de mi madre, Mátushka la ha llamado  “Baba” (lo que en ruso significa “abuela”). Me he acercado a mi madre y he contemplado la situación siguiente: la cazuela llena hasta los bordes, la papilla hirviendo, ¡y no se evapora! Mátushka Alipia ha llevado acerca de 30 (¡) huevos y dice: “Baba ¡bate los huevos en la escudilla!” Mi madre ha batido 5 huevos, pero Mátushka le ha dicho con asombro: “¡Bátelos todos!”, y ella misma ha batido todos los huevos y los ha echado en la cazuela. Miro con temor de que todo se desborde al hornillo, pero para mi gran sorpresa todos los huevos han cabido en la vasija. Luego Mátushka ha llevado un trozo de 1 kg de mantequilla, y también ha cabido. La papilla está hierviendo en la cazuella rellenada, ¡pero no se evapora! En seguida, veo que lleva 1 litro de leche, lo vierte en la cazuela. ¡No creo a mis propios ojos!  Le digo  a Mátushka: “Mátushka, la cazuela es muy pequeña para tantos productos, no cabrán”, y ella me contesta con su suave sonrisa “¡Cabrá! ¡Aún más cabrá!” Y ha echado allí 1 kg de azúcar. Esto ha sido un milagro de Dios.”

Una mujer que había sufrido la enfermedad del estómago y no había podido alimentarse muy largo tiempo a causa de dolores agudos vino a la celda de Mátushka. No le dijo de qué padecía. La monja la recibió cordialmente y le preparó una tortilla de 30 (¡) huevos y de 1 kg de mantequilla. La mujer se la comió por la bendición de Mátushka, y para su asombro, el dolor se fue y ella se curó.

De la misma manera se curó una monja. Su estómago no pudo tomar cualquier comida. Ni los anestéticos ni otros remedios le aliviaban sus dolores. Vivió un mes sin comer en absoluto, no podía andar ni erguirse. Mátushka Alipia le preparó el borsch añadiendo allí un tarro de pasta de tomate y un tarro de los setas pasados el plazo. La mujer se vio obligada a comerlo, aunque no quería hacerlo, y hasta se escondió detrás de los presentes en la celda para que Mátushka no la viera y no la obligara a ponerse a la mesa. Y se curó.

Tales ocasiones habían muchísimas.

Mátushka Alipia curaba a la gente enferma mediante la comida, la brea y el ungüento. El último lo preparaba de la grasa y de las fresas. Vemos que los componentes de estos “remedios” en realidad no poseen propiedades curativas. La curación se efectuaba mediante la oración y la bendición de la monja anciana. Mátushka Alipia evitaba incluso el nombre de la “taumaturga”, y hacía a la gente pensar que la curación se había producido con la ayuda de los productos habituales. A Mátushka Alipia no le gustaba hacer el papel de la maestra espiritual altanera y enfática. Todo lo que hacía, lo hacía en secreto, trataba de disimularlo. Ayudaba a la gente por el mandamiento del Salvador “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.

Una mujer padecía el cáncer de la mama. Tuvo que hacer la operación pero Mátushka Alipia le prohibió hacerla, “Te acuchillarán”, le dijo a ella, y la bendijo que se aplicara la venda con el ungüento a la mama afectada sin quitársela durante tres días. Fueron tres días del dolor insoportable para la mujer, pero ella no violó la bendición. Cuando Mátushka le quitó aquella venda, vio en vez del tumor un gran absceso, tamaño de una gran hogaza de pan. Mátushka la bendijo a la mujer a sajarlo en el hospital. Dentro de dos semanas el tumor se fue sin dejar rastro.

Cada miércoles y viernes durante todo el año Mátushka Alipia no comía y no bebía nada en absoluto. Una vez la monja dijo “¡Cómo si me quema algo por adentro! ¡Cómo quiero beber!”, pero no bebió. Tampoco bebía y comía durante la primera semana de la Cuaresma y durante la Semana Santa.

Había guardado ayuno dos semanas durante una sequía. Cuando por fin llovió, se alegraba como una niña pequeña cogiendo las gotas de lluvia con sus palmas.

Una vez los estallidos de los truenos presagiaron un aguacero. Mátushka le pidió a Dios que lo suspendiera y que diera tiempo a almorzar a la gente. “¡Deja a la gente comer! Oremos y comamos de prisa, que Dios se había apiadado”. Después de comer, en seguida empezó a llover.

En las Pascuas, una visitante violó la bendición de la beata y llenó las copas de los presentes con el coñác. Había sido un pecado grave, y Mátushka Alipia se guardó el ayuno durante todo el año  hasta las siguientes Pascuas.

Mátushka Alipia prevenía a todos de la vanilocuencia. No le gustaba el cotilleo y conversaciones vacías. En su celda reinaba una atmósfera del silencio celeste. Muy a menudo estaba rezando en el barranco y en el bosque, y en el jardín detrás del altar de la iglesia de la Ascención. Ciertas personas confirman que una vez Mátushka estaba rogando con fervor a Dios exclamando el nombre de alguna mujer. Tiempo después resultó que aquella mujer había sido salvada del peligro mortal.

La monja nos dio el ejemplo del rezo celoso por los difuntos. Si alguien tenía los problemas graves, le aconsejaba que llevase a la iglesia los productos para la misa de réquiem para que los parientes difuntos orasen por ellos, y el Dios les concediera el consuelo y el indulto. Durante toda la vida, Mátushka rezaba al Señor por sus padres Tikhon y Vassa, y por sus abuelos y abuelas Sergíy, Domna, Pablo y Efimia. Les pedía a todos sus admiradores espirituales que orasen por el reposo de sus almas. El testamento se guarda hasta hoy día por cada persona que acuda a su amparo.

Mátushka sabía de antemano quién vendría de visita a su celda. Sus hijas espirituales cuentan que ella llamaba a las personas que tendrían que venir cuando ellos apenas estaban camino de su celda. “¡Ven, te espero!”, y dentro de cierto tiempo llegaba la persona a la que Mátushka había llamado.

Gracias al don de clarividencia, veía a distancia lo que estaba ocurriendo con sus hijos espirituales. A fuerza de sus rezos, la gente recibía de Dios la ayuda en resolución de los problemas.

Mátushka Alipia a distancia reñía a los ofensores de las personas que llegaban a pedir su ayuda. Por ejemplo, había ocasión, cuando Mátushka exclamó varias veces “¡Devolvedle el apartamento, devolvédselo!” a alguien quien le había privado de apartamento a su hijo espiritual, y más tarde, aquel ofensor vino a la organización de la adjudicación de los apartamentos, y desistió de sus pretensiones.

La monja clarividente siempre y en todo agradecía a Dios. Su gratitud al Señor era inmensa. Agradecía a cada persona que la había ayudado en algo, o hecho una buena obra, o pensado algo bueno de ella. “¡Gracias!”, ”¡Te doy muuuchas gracias!”, decía Mátushka.

Una vez llovió, y Mátushka se caló hasta los huesos y tiritó de frío. El amo de una casa le dejo pernoctar. Dentro de unos días, su esposa la encontró en la iglesia, y Mátushka Alipia le dijo “Tu marido está inscrito en el Libro de Dios ¿sabes cómo me ha ayudado?”. Una cosa tal insignificante para nosotros, fue la inapreciable en los ojos de Mátushka Alipia.

Si alguien la había ayudado a trabajar en el huerto o en las labores de la celda, la beata le daba el dinero en prueba de su gratitud aunque nadie hubiera querido tomarlo.

La veracidad de la fé ortodoxa fue indiscutible para Mátushka Alipia. Ella conduce a la gente a la ortodoxia tanto después de su muerte, como durante su vida, y afirma que es posible salvar el alma sólo en la iglesia ortodóxa canónica. Se sabe que en Ucrania hay dos iglesias ortodoxas: la de Patriarcado de Moscú, que es la canónica; y la de Patriarcado de Kíev, que se considera la cismática.

Un jóven experimentaba dudas en la cuestión de cuál iglesia es mejor para salvarse, la  de Pentecostalismo, o la ortodoxa. Mátushka Alipia le dijo “¡Sálvate aquí! ¡Aquí es la verdad!”, y él salió de las dudas. Dentro de algunos años el jóven conoció a un buen padre espiritual, e incluso se hizo sacerdote.

Mátushka Alipia presagió que tendría lugar la cisma de la iglesia ortodoxa rusa, y el culpable sería metropolita Filarét (M.A. Denisenko). En aquel entonces nadie pudo creerlo, es que él era el entonces metropolita. No obstante, en el año 1992 se originó la Iglesia ortodoxa ucraniana del Patriarcado de Kiev, secesionada de la Iglesia ortodoxa rusa del Patriarcado de Moscú, liderada por Filarét.

Una vez mientras Filarét estaba celebrando la misa en la iglesia de la Ascención, Mátushka le exclamó “Tú te has cubierto de gloria, pero morirás como un simple mortal”, lo que significaría que le quitarían los hábitos.

Al ver su foto en una revista, Mátushka Alipia dijo “Éste no es nuestro”. La gente en celda pensó que ella no le reconoció a Filarét. Pero Mátushka repitió una vez más “Él no es nuestro”.

Una hija espiritual de Mátushka Alipia contó una historia que había pasado una vez en su celda. Una mujer le enseñó una revista en que había una gran foto de M.A.Denisenko. Mátushka agarró la revista, metió los dedos por sus ojos y dijo “¡Enemigo! ¡El lobo con piel de oveja!”, luego la arrugó y la echó en el horno. Cuando a Mátushka le preguntaron quién sería el verdadero metropolita, ella dijo “Vladimir, Vladimir resplandecerá en Lavra como el sol radiante”. La profecía se cumplió dentro de cinco años después de la muerte de la monja beata.

Había realizado la profecía sobre la explosión en Chernobil un año antes de la tragedia. Decía que en la Semana Santa en la región de Polesie tendría lugar el incendio, que el suelo, el aire y el agua estarían contaminados, que “los sótanos” arderían, que “el atomo” iba a Kíev. Suplicaba a Dios con todo su corazón que aliviara las consecuencias del siniestro. Según atestigüan, Mátushka Alipia recorrió toda la capital rogando al Señor que protegiera Kíev de la acción mortífera de la radiación. Gracias a sus ruegos reiterados, Kíev no quedó arruinado como lo quedaron otras ciudades situadas alrededor de la central nuclear atomoeléctrica de Chernobil. La nube de la radiación mortífera fue llevada por el viento desde Kíev a otra dirección. Después de la explosión en Chernobil, Mátushka Alipia dijo “Vivo de los dolores de la gente”. El Dios es muy benevolente, y en aquellos días desgraciados Él nos otorgó su gracia mediante Mátushka Alipia para que ella con sus plegarias nos hubiera salvado de la muerte invisible.

Ella pedía que la gente no abandonara las viviendas en Kíev y que no se fuera a otras ciudades del país, traía a la gente al camino de la verdad, convencía a todos para que esperaran en Dios, que se arrepintieran de los pecados, que bendicieran cualquier comida con la señal de la cruz, y que no tuvieran miedo de nada y nadie, excepto de Dios.

A los seres humanos les es propio poner en duda la piedad de los santos, pero no lo es propio al diablo que no de oídas  conoce las carismas del Espíritu Santo que el Dios concede a los fieles. El enemigo de la raza humana con frecuencia se alzaba contra Mátushka Alipia conociendo la vigor de sus rezos y milagros.

Una niña pequeña vió a Mátushka Alipia luchando con un hombre terrible en el barranco, mientrás su madre, siendo una persona adulta y no capaz de ver lo encubierto del ojo humano a través del prisma de sus pecados, la vió a Mátushka luchando con alguien invisible.

Una testiga de la aparición de la Virgen de los Cielos en la celda de Mátushka, relató que una vez había visto como la escoba y el hurgón en los manos de algun ser invisible estaban pegando a Mátushka Alipia.

La lega de la celda cuentó que una vez había encontrado a Mátushka Alipia pegada y cubierta de sangre. Como se lo explicó Mátushka, el diablo se le había manifestado y golpeado contra las piedras del umbral.

Los hijos espirituales de la beata monja atestugüan que muy a menudo el diablo llamaba a las ventanas o puertas de la celda, manifestándose en las imágenes de las personas desconocidas, hablando en voz terrible, y cuando Mátushka lo persignaba con la cruz, de repente empezaba un terrible silbo y ruido.

El diablo actuaba contra Mátushka mediante otras personas. Muy a menudo a su celda venía el comisario de policía y le amenazaba con demoler su casa o colocar a la monja en el manicomio o en el asilo de ancianos. Pero nadie osó molestarla o causarle daño.  “Nadie me tocará. El Mayor [El Dios] no deja tocarme”, le dijo Mátushka al comisario de policía que había venido a echarla de casa por la orden del poder.

Cerca de la casa de Mátushka Alipia se situaba la sierra de donde trabajaba su vecino que la odiaba ferozmente a la monja. Le llamaba Anka a aquel hombre. Muchas veces él se esforzaba por causarle daño a Mátushka, pero lo era en vano, ya que el Dios la amparaba.

Algunas personas la tomaban por sortílega, pensaban que ella echaba las cartas y adivinaba el destino mediante la comunicación con los espíritos malignos. No comprendían el sentido verdadero de la santidad, devoción, de las ascéticas para el Dios. A tales personas Mátushka ni les dejaba entrar a su celda, ya que sabía que la cartomancia y el sortilegio suponían la renuncia al Cristo y la unión con el satanás. Sin embargo, si la monja veía que la persona había caído en la trampa del pecado, pero su alma era pura y buena, la ponía a aquella persona al camino de la verdad, la convencía en que había que creer, tener esperanza y vivir en Dios. “No soy hechicera ni sortílega, no te voy a adivinar el destino ni tirar en amor”, le dijo una vez Mátushka Alipia a una jóven que había venido a su celda para adivinar el futuro de sus relaciones con los hombres.

Un hombre le propuso a la beata mucho dinero para que ella le descubriera el secreto de su clarividencia, pero la monja le contestó: “¿A qué me vienen tus bagatelas? tengo pan y patatas, y no necesito nada más”.

Una mujer la pidió a Mátushka que le “transmitiera” sus dones de milagrería, a lo que ella le contestó “¿Qué quieres que te transmite, ¿mi falda vieja?”.

Una estafadora que se fingía la persona con dotes extrasensoriales, estaba “curando” a un niño pequeño, pero sin éxito. Llegó a la casa de Mátushka para que le diera un consejo, pero recibió la denegación. “Si sigues practicando tus oficios obscuros, ¡que no vengas a mi casa!”

Mátushka Alipia acusaba a la gente de sus pecados de tal manera que a veces esto provocaba incomprensión y desconfianza a ella por parte de la persona acusada. Para no ofender al visitante, la monja indicaba a los flacos de esta persona, se los atribuía a sí misma, como si hubiera sido élla la pecadora. Lo hacía para que la persona reconociera sus pecados y se arrepintiera de ellos. Mátushka Alipia contribuía al arrepentimiento y a la rectificación espiritual de la persona, ya que el Dios le revelaba sus almas.

Por ejemplo, en una conversación con la mujer que en su juventud había ligado con muchos hombres, Mátushka le dijo “Cuando yo era jóven tuve tantos hombres, tantos hombres!”, lo que en realidad, claro que, no había tenido lugar en absoluto. La mujer se ganó su benevolencia, sintió que la monja no la reprochaba, y se rompió en llantos del arrepentimiento. Dentro de cierto tiempo, aquella mujer  tomó el hábito.

El verdadero loco por Cristo en todas sus acciones y palabras ejerce una misión particular de llevar a los corazones de la gente la Voluntad Divina, se hace el instrumento del Dios, realiza su voluntad sin temor a las burlas y humillaciones. El loco por Cristo vacía su propia voluntad para realizar la Voluntad Divina. Las acciones del loco por Cristo siempre están dirigidas a que la persona se de cuenta de sus errores y se asese.

El tema del cambio del calendario ocupa un lugar eminente en la vida de la beata. Actualmente esta tendencia ya se nota en el mundo ortodoxo. Las profecías de la monja se realizaron. Antes de su muerte, Mátushka Alipia movió las fechas dos semanas en adelante.

Mátushka procuraba ser sencilla, pero en realidad era una persona muy delicada y sabia.

Una vez sus hijos espirituales le persuadieron a un profesor de la Universidad de Moscú ir de visita a su celda para que entendiera que fue pecaminoso su apasionamiento por diferentes corrientes religiosas. Camino de celda, él se burlaba de Mátushka Alipia, no pudo  creer que  una simple monja anciana hubiera podido ser inteligente. Al conversar con ella largo tiempo a solas, salió muy sorprendido y conmovido, y dijo “¡Qué persona tan inteligente!”

La gente de toda la URSS venía a su celda con diversos problemas de familia, de carrera, de vivienda; unos venían para curarse de las enfermedades, otros le pedían que les bendijera para contraer el matrimonio o tomar el hábito etc.

No era necesario contarle a la asceta el contenido del problema, ya que ella lo sabía misma. Leía los pensamientos de cada uno. Era posible comunicarse con Mátushka Alipia mentalmente, y ella respondía a las preguntas en seguida. Si había mucha gente en su celda, Mátushka contestaba a las preguntas de cada uno parabólicamente, como si se hubiera tratado de alguien extraño o de ella misma, y para que otras personas no comprendieran de quién precisamente se trataba, si la cuestión era bastante íntima.

Mátushka Alipia le prevenía a cada uno de las ascéticas imaginarias para evitar el pecado de  ilusión espiritual y vanagloria.

Cuando dos jóvenes que quisieron alejarse del mundo urbano a las cuevas del Cáucaso para seguir el modo de vida de los ermitaños antiguos, Mátushka Alipia dijo con sonrisa: “Quieren vivir como los ermitaños antiguos en los montes. Esta vía no es para Ustedes. No es tiempo para esto”. Había sido dicho de tal manera que los presentes, excepto de los dos jóvenes, no lo comprendieron, ya que la monja beata sabía que ellos no quisieron preguntársela delante de todo el mundo, pero esperaban su consejo.

A un hombre que quiso abandonar la familia para vivir en los montes y cultivar las abejas, Mátushka le contestó: “Comprarás la miel en el mercado. No abandones a tu esposa, morirás sin ella”.

A un jóven que quiso tomar el hábito, Mátushka Alipia le hizo pasar una prueba de su docilidad. Le pidió a él que pusiera los tarros de manera no muy cómoda. Claro que el jóven lo hizo a la suya, y la beata le dijo “Quiere ser fraile, y lo hace todo a la suya”.

A una mujer joven que aspiraba a hacer las obras buenas y vender sus bienes para repartirlos entre los pobres, Mátushka le dijo con ironía, “¿Y qué vendes?” para que comprendiera que sus ideas románticas fueron muy lejos de la realidad.

Una vez un sacerdote le pidió un consejo en cuanto al casamiento. Mátushka Alipia estuvo largo tiempo con las manos alzadas al cielo, y luego le respondió: “Allí dicen que te cases, y yo no lo sé…”. En esto vemos el ejemplo claro de su gran resignación al Dios y del vaciamiento de su propia voluntad ante la Voluntad Divina.

A una jóven le describió exactamente a su marido futuro y hasta le descubrió su nombre. “Te casarás con Valeriy. Es de baja estatura, vive en la casa de Evdokía, y lleva la visera”. Su profecía se cumplió.

Las personas que habían violado sus prohibiciones al casamiento y se habían casado, vivieron infelices en sus matrimonios.

Mátushka salvó muchas familias de la separación, las hizo más firmes. Decía que la separación no era el remedio, que había que tener paciencia, comprensión mutua, aguantar las imperfecciones y los flacos del pareja, y vivir en Dios. Acentuaba en la importancia del Sacramento de Matrimonio mediente el cual se les concede a un hombre y una mujer la gracia Divina para cumplir fielmente sus deberes de esposos y de padres. Muchas parejas contrajeron el matrimonio religioso al haber recibido la bendición de Mátushka Alipia.

Mátushka le trataba cordialmente al monacato. Les llamaba a los monjes “mis parientes cercanos” o “sois de nuestra aldea”. Rogaba a Dios que Él les ayudara a arrastrar su cruz penosa, ya que ella misma era monja, y sabía que la vía monástica está llena de muchos dolores y tentaciones. Mátushka invocaba a aguantar todo por muy difícil que fuera y no caer en la tentación. A las monjas les decía “Sean calladas, pidan perdón y se salvarán”, o “¡Aguanten, por muy difícil que sea, aguanten!”

Mátushka Alipia pronosticó el renacimiento de la “Golosíyivska Pústyñ”, aunque en aquel entonces lo hubiera parecido imposible. “Aquí se alzará la iglesia hermosa y grande, y el monasterio”, predijo. Sobre lugar, donde se situaba su casa, hablaba “Aquí se alzará la iglesia”, “Es un lugar sagrado”, “Bajo la casa están enterrados  tres monjes”. Durante el proceso de la edificación de la capilla sus palabras se confirmaron. Al cavar la hondonada, los constructores vieron en sus pendientes las calaveras. Las tumbas no fueron deterioradas por el tractor.

Mátushka Alipia solicitó preservar la iglesia de la Ascensión en Demíevka de la demolición. Los altos funcionarios estuvieron dispuestos a construir en su lugar el Instituto de diseños. Por su solicitud en Moscú el proyecto de la construcción fue modificado. Lo confirmó el delegado de la religión.

Mátushka mostró un amor particular a la iglesia como tal. Se le partía el corazón si cierta iglesia  fue condenada al cierre. Muy a menudo los parroquianos acudían a su ayuda espiritual. “¡Abran las iglesias, vuelvan las llaves, que no habría lluvia, ni cosechas si no hubieran abierto  las iglesias!”, exclamaba Mátushka, y el Dios atendía sus ruegos reiterados, las iglesias se abrían y las misas seguían celebrándose.

Una mujer le pidió que rezara por la iglesia de los Santos Apostoles Pedro y Pablo en una aldea. Mátushka Alipia miró a los iconos y les dijo con cariño y sonrisa “Santos Apostoles Pedro y Pablo ¿qué vamos a hacer? ¿les devolvemos la iglesia? ¡Devolvamos! Pero antes devolvemos la Kíevo-Pecherska Lavra”. Y así resultó.

Le gustaba hablar de Pecherska Lavra. Un mes antes de su apertura dijo con alegría “Ya se encienden las lamparillas en las cuevas”.

Por su celo y amor, el Señor le enviaba el consuelo espiritual innenarable y la ayuda. Mátushka Alipia fue dignada de contemplar las apariciones benditas de los santos y de la Virgen.

Una mujer y una niña hacían noche en su celda una noche. Mátushka estaba rezando de rodillas por costumbre. Cerca de ella vieron a una bellísima Mujer en blanco, con copos de nieve en sus hombros y en su frente y con una corona en su cabeza. En sus manos níveos llevó las epimanikias, que son dos mangas de tela con una cruz bordada en el centro. La Mujer estaba rezando con Mátushka Alipia.

También la lega de Mátushka Alipia, María Alexándrovna Skidán fue testiga de la visita nocturna de dos mujeres, una de ellas parecida a la Santa Dosifea de Kíev. Permanecieron calladas y tuvieron una apariencia de peregrinas. Mátushka bendijo a María que se durmiera, y la mujer en seguida concilió el sueño. Cuando se despertó por la mañana, ya no las había. Quiénes fueron y para qué habían venido, Mátushka no se lo explicó. Esto fue el misterio de Dios.

Sin embargo, no siempre la monja hacía de loca por Cristo. Habían casos cuando se quitó la máscara de la locura por Cristo y habló de las cosas muy serias. Por ejemplo, una vez, en la fiesta de la Tranfiguración, vinieron a su celda dos monjas del Monasterio Flórovskiy de Kíev. Mátushka les dió a comer y empezó a hablar con ellas sobre el sentido de la Tranfiguración, de la bienaventuranza del Reino de los Cielos. Aquel día Mátushka Alipia fue extraordinariamente seria. Su rostro se llenó de luz celeste, se cambió tanto que las monjas no la reconocieron.

Cerca de un año Mátushka Alipia estuvo enferma. Por sentirse débil, se vió obligada a guardar cama, pero incluso en aquella situación grave no dejaba reposo a su cuerpo, estando acostada en el tablado sin cubrir. Sus hijos espirituales no la quedaron sola, la velaban día y noche, cuidaban de ella por turno. Mátushka se curó en la fiesta de los Santos Pedro y Pablo. Se levantó del lecho de la enfermedad, y seguida de su lega y una monja se dirigió a la iglesia. Después de haber comulgado, Mátushka se animó y desde entonces volvió a asistir la liturgia cada domingo.

En el año 1988, Mátushka les preguntó a las legas, “¿Qué día es el 30 de octubre?”, y la contestaron, “El domingo”. No les repondió nada. A otra mujer le puso una tarea de contar los días en el calendario eclesiástico y contornear con lápiz el fecha del 30 de cada mes. Aquello habría sido la profecía de su muerte. También habría significado la profecía de la tradición de  honrar su memoria el día 30 de cada mes. Mátushka dijo que el día de su muerte caería la primera nieve.

Mátushka Alipia les pidió a sus hijos espirituales que vinieran a su sepultura y que hablaran con ella como si fuera ella viva. Algunos meses antes de su muerte, una monja le había preguntado a Mátushka, ¿a quién les abandonaba [a las monjas]?, y ella le respondió: “A Ustedes, mi querida, les dejo al amparo de la Virgen”. A un sacerdote le dijo: “Cuando necesites mi ayuda, ven a mi tumba, habla conmigo como si fuera yo viva, y te ayudaré. Yo te ayudaba, y siempre te voy a ayudar”.

A cualquier persona que necesitara su intercesión y amparo, Mátushka Alipia le dejó un testamento peculiar: “Yo no me muero, estoy aquí con vosotros. Venid acá, dad una vuelta alrededor de este lugar [alrededor de la capilla], gritad [con el alma], y les voy a oír”. De veras, el lugar donde vivía Mátushka es bendito por Dios. Hasta hoy día el Señor les concede su Santa Gracia a las personas que vienen a la capilla de Mátushka Alipia con sus dolores, sufrimientos, problemas, enfermedades. Y nadie se queda sin consuelo.

Una semana antes de su muerte, Mátushka se levantó de la cama y le pidió perdón a cada persona que estaba en su celda. Luego miró al cielo y le llamó sinceramente a Dios: “¡Perdóname!”, y así varias veces. Fue el día de su despedida con el mundo.

Bendijo a una mujer que viniera a su celda para leerle el Salferio tres días, el miércoles, el jueves y el viernes. El sábado por la tarde le pidió a su lega que encendiera las velas en la iglesia, que encargara una misa de difuntos y que después de la misa corriera muy pronto a la celda para despedirse de ella a tiempo.

El 30 de octubre Mátushka se levantó un poco de su lecho de muerte, les miró a todos con una mirada penetrante, los persignó tres veces con los ojos y los bendijo que fueran a la Kitáyevska Pústyñ para rezar a los reverendísimos Dosifea y Feofil. Mientras la gente estaba orando en aquel lugar sagrado, en en el cielo celeste apareció una nube, y empezó a nevar.

Al día siguiente llegaron a la celda las monjas del Monasterio Flórovskiy y la revistieron a Mátushka en hábitos monásticos según lo requería el rito. El cuerpo de Mátuska Alipia era tibio y suave. La primera misa de difuntos fue celebrada por el hieromonje Román Matiushin.

La naturaleza de aquel día era extraordinariamente bella, o, bien dicho, festiva. El suelo, los árboles, la celda, el barranco, el bosque, todo estaba cubierto de escarcha; el cielo era azul, no hacía viento. Mátushka acostada en el féretro tenía el aspecto jóven, su cara blanca sin arrugas. En todo lugar reinaba el sosiego y el silencio celestes. La misa de cuerpo presente fue celebrada con solemnidades por el clero del Monasterio Flórovskiy de Kíev en este convento sagrado. Había muchísima gente. La monja beata fue enterrada en el cementerio Lesnóe en Kíev en el terreno destinado para los enterramientos del monacato del Monasterio Flórovskiy.

Mátushka Alipia murió en paz eterna. Sin embargo, no carece de amor popular hasta hoy día. La gente vive con sus bendiciones. Cada día millones de parroquianos llegan a su capilla con sus problemas, dolores, penas, y nadie está privado de su caricia y amor maternales, nadie se va a casa sin recibir el alivio y el consuelo. Muchos milagros se producen en el sepulcro donde yacen sus reliquias y cerca de la cruz instalada junto a la capilla de Mátushka en Goloséevo. En los días de su memoria, los parroquianos se ven obligados a esperar su turno en una larga cola hasta el sepulcro para venerar sus reliquias. Cada domingo en este lugar sagrado se celebra la misa de difuntos.

El 18 de mayo de 2006 tuvo lugar la translación solemne y multitudinaria de las santas reliquias de Mátushka Alipia desde el cementerio Lesnóe al Monasterio de frailes Sviato-Pokrovskiy “Golosíyivska Pustyñ” de Kíev. Fue celebrada por los frailes de este monasterio.

En el lugar donde había vivido Mátushka Alipia, fue construída la capilla de cinco cúpulas. Primeramente las reliquias de la monja beata fueron instaladas para la veneración en la iglesia de Madre de Dios “Fuente Viva”, y dentro de algun tiempo fueron trasladadas al sepulcro bajo la iglesia y colocadas en el sarcófago de mármol.

El Monasterio establece una serie de las tradiciones para honrar la memoria de Mátushka Alipia, que es la joya del convento. Los días de la memoria son: el 30 de cada mes, el 16 de marzo que es el día de cumpleaños de Mátushka, y el 18 de mayo que es el día de la traslación de sus santas reliquias. En estos días las hijas espirituales de la asceta preparan en el territorio de la capilla la papilla de arroz, alforfón o de mijo limpio que es bendita por las oraciones de la devota Mátushka Alipia y mediante la cual la gente se cura de diferentes enfermedades.

Cada uno puede llegar al sepulcro donde yacen las santas reliquias de Mátushka, venerarlas y pedir su ayuda y consuelo en algo. Hay una tradición de escribir en las papeletas los ruegos y deseos, y dejarlas encima del sarcófago. Mátushka Alipia lee estas papeletas y reza al Señor por las personas que acuden a su ayuda.

Екатерина Петровна Билецкая (Сапаридзе).

Филолог-учитель испанского языка.

k_biletska@ukr.net

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